Tu boda no es un gimnasio.

Tu boda no es un gimnasio.

 

Los gimnasios.

Son raros de cojones.

Entras y ves a decenas de personas sin mirarse, sin hablarse, incrustadas en máquinas ortopédicas que parecen sacadas de una fábrica del siglo pasado.

Hombres y mujeres levantando pesas frente a un espejo, poniendo caras que podrían significar dolor, orgasmo o un ataque epiléptico.

Si lo miras en frío…

Si te alejas un poco…

Es un espectáculo curioso.

El ejercicio se ha convertido en una obligación social.

No basta con estar sano.

Tienes que parecerlo.

 

Si no vas al gimnasio, te miran mal.

Si vas y faltas dos días, te sientes culpable.

Y al final, nadie está conforme.

Los que no van, porque creen que deberían ir.

Los que van, porque nunca es suficiente.

 

Hace 20 años, la gente lucía su cuerpo sin tantos complejos.

Las cartucheras, la panza cuarentona, la celulitis… era lo normal.

Ahora, en cambio, hay un modelo claro.

Si te alejas de él, eres un vago.

Si te acercas demasiado, siempre hay alguien más definido, más fuerte, más perfecto.

La comparación te jode la vida.

 

El mundo de las bodas tampoco se libra de esto.

Modas que van y vienen.

Tendencias pasajeras que todos siguen como ovejas.

Vídeos que parecen anuncios de perfume en lugar de películas reales.

Yo paso de todo eso.

Yo no sigo tendencias.

No grabo para Instagram.

Grabo para la historia.

Porque dentro de 20 años, cuando vuelvas a ver tu vídeo, no querrás que parezca un producto de moda caducado.

Querrás revivir tu boda.

Tal como fue.

Sin filtros de tendencia.

Sin postureo.

Sin comparaciones.

Solo emoción en estado puro.

 

P.D. Si te interesa un videógrafo muy cachas, puedes agendar video llamada en el enlace, arriba.